Nota del editor: Este artículo es un fragmento adaptado del libro Las Bienaventuranzas de Jesús, disponible en PDF, audiolibro y guía de estudio. En Mateo 5:8, Jesús dice: «Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios». Pero ¿qué significa realmente tener un corazón limpio? Eso es lo que aprenderemos en este fragmento.
Entonces, si la pureza de corazón no significa tener una vida sin pecado, ¿qué significa entonces? Hay dos respuestas a esta pregunta. La primera es que un corazón puro es un corazón que no está dividido.
Un corazón no dividido
En su libro El progreso del peregrino, John Bunyan presenta a un personaje llamado «Señor Dos Caras»2, que ha sido descrito por un escritor como «el tipo con un ojo en el cielo y otro en la tierra, que predica sinceramente una cosa y hace sinceramente otra y que, debido a la profundidad de su irrealidad, es incapaz de ver o sentir esta contradicción».
Cuando Elías reunió al pueblo de Dios en el monte Carmelo y les preguntó cuánto tiempo más «vacilarían entre dos opiniones» (1 Reyes 18:21), los estaba desafiando a la pureza de corazón. El pueblo de Dios estaba mirando en dos direcciones al mismo tiempo. Querían las bendiciones de Dios, pero seguían entregándose a los ídolos. Necesitamos sentir hoy la fuerza de Su llamado. ¿Hasta cuándo vas a vacilar entre dos opiniones? ¿Hasta cuándo intentarás abrazar a Cristo y al mundo al mismo tiempo? ¿Hasta cuándo seguirás jugando con los mismos pecados sin entregarte por completo a ellos, pero sin entregarte enteramente a Cristo?
Un corazón puro es un corazón que no está dividido, y cuando Jesús dice: «Bienaventurados los de limpio corazón» (Mateo 5:8), está pronunciando una bendición sobre el hombre o la mujer que tiene una mente enfocada en seguirlo.
Nuestro Señor vuelve a este tema más adelante en el Sermón del Monte: «La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz» (Mateo 6:22).
Algunas traducciones emplean la palabra «único» en este pasaje. «Sano» es un término claro, pero la expresión «único» nos resulta útil en este punto porque comunica con precisión la idea de ir tras una sola cosa. No es solo una cuestión de salud, sino de una mirada enfocada en una única dirección, sin división interna. Imagina a un atleta olímpico, totalmente concentrado en la línea de meta mientras corre por la pista. No mira ni a la izquierda ni a la derecha, porque sabe que el más leve movimiento podría costarle esa fracción de segundo que es decisiva. Su mirada está enfocada en un solo objetivo. Toda la capacidad de su mente y de su cuerpo está completamente alineada en la búsqueda de una sola meta.
Cuando el filósofo danés Søren Kierkegaard escribió un libro titulado La pureza del corazón es querer una sola cosa, su título reflejaba fielmente la enseñanza de la Escritura, donde un corazón puro se contrasta con un corazón que está dividido: «Limpien sus manos, pecadores; y ustedes de doble ánimo, purifiquen sus corazones» (Santiago 4:8). Observa que lo opuesto a un corazón puro es el doble ánimo, como el Señor Dos Caras.
David captó el anhelo del creyente por la pureza cuando oró: «Enséñame, oh, Señor, Tu camino; andaré en Tu verdad; unifica mi corazón para que tema Tu nombre» (Salmo 86:11, énfasis añadido). Esta es una oración profundamente útil. Cuando oras por pureza, puedes decir algo como esto: «Señor, mi corazón está disperso, distraído y va en distintas direcciones. Te pido que lo hagas uno. Une mi corazón y hazme una persona que busque una sola cosa».
Pablo nos permite ver su propia búsqueda de un corazón puro cuando escribe: «Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:13–14). Observa nuevamente que la pureza de corazón no es perfección. Pablo es muy claro al respecto: «No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto» (Filipenses 3:12). Y por si no hubiera quedado claro, lo repite: «Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado» (Filipenses 3:13).
La pureza de corazón no es perfección ni ausencia total de pecado en esta vida. Ni siquiera es llegar adonde quisieras estar en tu crecimiento como cristiano. Después de todo lo que Pablo se había esforzado en el servicio a Cristo —incluso hasta el punto de estar en prisión a causa de su ministerio cuando escribió estas palabras—, todavía sentía que no había llegado a ser todo lo que deseaba ser para Cristo, ni mucho menos todo lo que Cristo lo llamaba a ser.
La pureza de corazón no se encuentra en lo que alcanzamos, sino en lo que buscamos y en la manera en que lo hacemos. El «una cosa hago» de Pablo capta el único enfoque que caracteriza a los de corazón puro. La pureza de corazón es querer una sola cosa.
Un corazón perdonado
Cuando crees en el Señor Jesucristo, la fe forma el vínculo de una unión viva en la que Cristo llega a ser tuyo y tú llegas a ser Suyo. Estás «en Cristo», y Cristo está en ti. En esa unión, dos regalos maravillosos pasan a ser tuyos.
El primero es el perdón, por el cual Dios retira todas las acusaciones contra ti y te reconcilia con Él, de modo que ya no eres Su enemigo, sino Su amigo. La razón por la que entrarás en el cielo no es porque estés sin pecado, sino porque Dios no toma en cuenta tus pecados contra ti. Dios imputa tus pecados a la cuenta de Jesús, en quien esos pecados fueron juzgados, castigados y expiados por medio de Su sacrificio como nuestro portador de pecado en la cruz. «El Señor hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros» (Isaías 53:6).
En Cristo, tus deudas han sido pagadas por completo, de modo que no serán ni podrán ser cargadas a tu cuenta en el día final. Esta es la gloriosa verdad de la justificación. «Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1).
De esto se deduce que los cristianos entran en el cielo no solo sobre la base de la misericordia, sino también sobre la base de la justicia. Una persona justa jamás exigiría el pago de una deuda que ya ha sido cancelada, y nuestro Dios justo no exigirá el pago por los pecados que ya han sido expiados. Por eso Juan dice que Dios es «fiel y justo para perdonarnos los pecados» (1 Juan 1:9). Él enfatiza la justicia de Dios porque está señalando la expiación, mediante la cual Cristo pagó por nuestros pecados en la cruz.
La confianza de un cristiano verdadero delante de Dios, en la vida y en la muerte, no descansa en la calidad de su vida cristiana, que en el mejor de los casos será irregular. Nuestra confianza está en el carácter de Dios, que es fiel y justo, y en la obra de nuestro Salvador, quien ha asegurado nuestra justificación al pagar nuestra deuda mediante el derramamiento de Su sangre en la cruz.
Un corazón lavado y limpio
El segundo regalo que pertenece a todos los que están en Cristo es la limpieza, por medio de la cual Dios lava tu mente, tu corazón y tu vida. El perdón y la limpieza van juntos. Juan dice: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9, énfasis añadido).
A quienes Dios perdona, también los limpia; y a quienes limpia, también los perdona. Estas dos bendiciones se dan juntas a todos los que están en Cristo. Sin embargo, hay una diferencia importante entre ellas. El perdón y la reconciliación ocurren una sola vez. En Cristo, eres amigo de Dios, y si pecas, no te conviertes en Su enemigo. No obstante, la limpieza es diferente, porque la necesitamos continuamente y nunca superamos nuestra necesidad de ella en esta vida.
La fe en Jesucristo puede definirse como confianza en Su capacidad para perdonar y limpiar por medio del poder de Su sangre. Cristo es capaz de lavar el corazón que ha sido manchado por la avaricia, la lujuria, el orgullo y cualquier otro pecado, hábito u obsesión que quieras nombrar.
Para profundizar más en esta bienaventuranza, escucha el programa «Bienaventurados los de limpio corazón» en nuestro podcast diario.


