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diciembre 08, 2025

La Navidad a través de los ojos de María

Este artículo es un fragmento del librito Historias de Navidad. Descarga el libro aquí.


El día que cambió mi vida para siempre empezó como cualquier otro. Yo estaba haciendo mis tareas cotidianas cuando repentinamente sentí que alguien estaba muy cerca de mí.

Levanté despacio la vista… ¡allí estaba! Dios me había enviado un ángel. Debo decir que quedé aterrorizada cuando lo vi. Mi corazón latía con fuerza, me temblaban las piernas y, si no me hubiera sentado en ese instante, me habría desmayado.

Hay algo en nosotros que siempre piensa lo peor cuando Dios se acerca. Nos sentimos más tranquilos cuando Él permanece a cierta distancia, pues tenemos miedo de estar en problemas si se acerca demasiado.

El ángel me dijo:

—No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.

La palabra favor significa gracia: es la bondad de Dios que no merecemos, pero que Él nos da gratuitamente. En ese momento supe que Dios me estaba mostrando Su gracia.

VIENDO EL PODER DE DIOS

Lo que el ángel me dijo después fue absolutamente asombroso:

—María, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de Su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y Su reino no tendrá fin.

¿Un niño? ¿Cómo podría ser posible? ¡Yo era virgen!

¿Un hijo mío en el trono de David? ¿Cómo podría ser esto? Vengo de una familia común y corriente. No éramos en nada como las personas que vivían en los palacios y tampoco solíamos relacionarnos con la realeza.

¿Un niño que reinará para siempre? Nada en este mundo dura para siempre, ¿cómo sería esto posible?

Aunque lo más desconcertante de todo fue cuando el ángel dijo que el niño sería «el Hijo del Altísimo». ¿Cómo podría un hijo mío ser el Hijo de Dios?

El ángel tenía la respuesta:

—El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra; por eso el Santo niño que nacerá será llamado Hijo de Dios.

Aún me asombra el misterio de la obra de Dios: hizo que una nueva vida se formara en mi vientre, ¡y era la vida de Su propio Hijo! Fue en mí y a través de mí que Dios se encarnó y vino al mundo como un bebé pequeño e indefenso.

Pero había algo más. El ángel me dijo que mi prima mayor, Elisabet, quien llevaba muchos años deseando tener un hijo, había concebido y estaba en el sexto mes de embarazo.

—Porque ninguna cosa será imposible para Dios —dijo el ángel.

No supe qué decir. Lo que se me prometía estaba más allá de mi comprensión; ni siquiera me atrevía a pensar en lo que esto exigiría de mí. Sin embargo, supe que el Espíritu de Dios estaría conmigo en ese momento y me daría todo lo que pudiera necesitar.

—Hágase conmigo conforme a tu palabra —dije. Y luego el ángel se fue.

ELIZABET Y JOSÉ

Decidí visitar a mi prima Elisabet y, al llegar a su casa, ambas rebosábamos de gozo.

Elisabet estaba de pie en la puerta, con las palmas de sus manos apoyadas suavemente sobre el bebé que llevaba; ella lucía radiante.

—¿Quién hubiera imaginado que, después de tantos años de anhelar un hijo, Dios te bendeciría con este maravilloso regalo? —le dije.

Elisabet me respondió:

—Apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de gozo en mi vientre.

Eso significaba que los tres nos gozábamos y no dudaba que Dios se gozaba también con nosotros en el cielo.

Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Elisabet y me dijo en voz alta:

—Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

¿Cómo supo Elisabet que yo estaba embarazada?  Nunca le hablé del hijo que esperaba. La única explicación posible era que Dios se lo hubiese revelado.

Elisabet dijo unas palabras que nunca olvidaré:

—Bienaventurada la que creyó que tendrá cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor.

Yo creía que la promesa de Dios se cumpliría, pero Elisabet vino a mi lado y fortaleció mi fe:

—María, la promesa se cumplirá. Lo que Dios ha dicho se cumplirá.

No podía contener el gozo que sentí. ¡El Hijo de Dios venía al mundo y yo llevaba Su vida dentro de mí! Todo mi ser se llenó de alabanzas que brotaban y se desbordaban en estas palabras que me fueron dadas:

«Mi alma glorifica al Señor,

y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,

porque ha mirado la humildad de su sierva.

Porque he aquí, desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí, y santo es Su nombre».

Durante el tiempo que estuve con Elisabet, no dejé de preguntarme qué pasaría con José. Ambos estábamos comprometidos y esperábamos con muchas ansias el día de nuestra boda.

José era un buen hombre y yo sabía que me amaba profundamente, aunque difícilmente podía esperar que él comprendiera lo que Dios estaba haciendo. Pensé que quizá anularía el compromiso y, si ese era el precio del llamado que Dios había puesto en mi vida, estaba dispuesta a pagarlo.

Así que puedes imaginar la alegría que sentí cuando José me dijo que un ángel le había hablado en un sueño:

—No temas recibir a María tu mujer —le dijo el ángel a José—, porque el niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo.

Con una mirada que nunca olvidaré, José añadió:

—Hay algo más… le pondré por nombre Jesús.

¡Lo que el ángel le había dicho a José era exactamente lo que me dijo a mí! Esta era otra confirmación de la promesa de Dios.

BELÉN Y LOS PASTORES

Poco antes de que el niño naciera, salió un decreto que ordenaba a todos registrarse en su ciudad de nacimiento. Esto significaba que tendríamos que viajar con José hasta Belén.

La ciudad era pequeña y contaba con una posada. Cuando llegamos, el lugar estaba lleno, de manera que tuvimos que buscar refugio junto a algunos animales y allí fue donde Jesús nació.

Estar los tres solos fue un poco extraño. ¡El mayor milagro que el mundo hubiera conocido yacía en mis brazos! Hasta donde yo creía, éramos los únicos que sabíamos lo que Dios estaba haciendo. Pero eso pronto cambió.

Antes de que la noche del nacimiento del niño terminara, escuché el ruido de unos hombres que se acercaban a nuestro refugio. Todos parecían estar muy atemorizados. Uno de ellos se adelantó y nos dijo que un ángel del Señor se les había aparecido.

Sonreí porque sabía exactamente lo que estaban sintiendo.

Entonces otro de los hombres se acercó y añadió:

—Pero el ángel nos dijo que no tuviéramos temor y agregó: «Les traigo buenas nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo; porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor».

¡Un Salvador! Era justo lo que el ángel le había dicho a José: «Le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados».

Dios había hablado a estos pastores, de manera que escuché atentamente lo que decían. Los pastores confirmaron, una vez más, que Jesús era el Mesías prometido de Dios, que Su nacimiento eran buenas nuevas para todo el pueblo y que Él sería el Señor de todos.

Todo lo que dijeron coincidía con lo que se nos había revelado a José y a mí, de modo que guardé todas estas cosas en mi memoria y las medité en mi corazón.

EL TEMPLO Y LA CRUZ

Algunas semanas después del nacimiento de Jesús fuimos al templo en Jerusalén para ofrecer sacrificio y presentar al niño ante el Señor.

Cuando estábamos allí, un anciano se acercó y nos pidió permiso para sostener a Jesús en sus brazos. Nos dijo que estuvo esperando al Mesías prometido durante toda su vida y que Dios le había asegurado que lo vería antes de morir.

Y tomando a Jesús entre sus brazos, el anciano lo bendijo. Luego pronunció una bendición sobre José y sobre mí con unas palabras que claramente le fueron dadas por el Espíritu Santo. Dijo:

—Este niño ha sido puesto para ser señal de contradicción —después, mirándome directamente con tristeza y compasión en sus ojos, añadió—: Y una espada traspasará aun tu propia alma.

¿El niño sería causa de contradicción? ¿Y una espada traspasando mi alma?

Reflexioné varias veces en estas palabras que dolorosamente resultaron ser ciertas para Jesús y para mí.  Él vino a los suyos, pero ellos no le recibieron. 

Las conspiraciones contra Jesús iniciaron desde el comienzo de Su ministerio, hasta que finalmente lo colgaron de una cruz. Yo estuve allí y, cuando los clavos atravesaron Sus manos, sentí que una espada traspasaba mi alma, tal como el anciano lo dijo. 

Pero la agonía que yo sentía no era nada en comparación con el dolor que Él soportaba. Jesús cargaba con nuestros pecados mientras sufría en la cruz. Él llevó todos los pecados sobre Sí mismo para que nosotros fuésemos perdonados, salvados y reconciliados con Dios.

Me invadió un profundo dolor cuando Jesús murió, pero gracias a Dios no todo terminó allí. Al tercer día Jesús resucitó de la tumba, ascendió y abrió las puertas del cielo para mí y para todos los que confían en Él.


Colin Smith

Fundador y Pastor de Enseñanza

Colin Smith es el pastor emérito en The Orchard Evangelical Free Church, en los suburbios de Chicago, y es un miembro del concilio de The Gospel Coalition. Es autor de varios libros, entre ellos El cielo, cómo llegué aquí: La historia del ladrón en la cruz (que también es una película), el libro El Padre Nuestro en 30 días y el podcast Una caminata por la historia bíblica. Escucha su enseñanza en el podcast de Abre la Biblia.
Colin Smith es el pastor emérito en The Orchard Evangelical Free Church, en los suburbios de Chicago, y es un miembro del concilio de The Gospel Coalition. Es autor de varios libros, entre ellos El cielo, cómo llegué aquí: La historia del ladrón en la cruz (que también es una película), el libro El Padre Nuestro en 30 días y el podcast Una caminata por la historia bíblica. Escucha su enseñanza en el podcast de Abre la Biblia.