No tienes que estar tranquilo, confiado y con la mente despejada para poder orar. En la segunda parte de Oración y alabanza, el Pastor Colin habla sobre cómo la oración, la fe y la esperanza pueden ser restauradas mientras estás en duelo.
Pasaje: Lamentaciones 5:1-22
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Déjenme mostrarles algo maravilloso al volver ahora al capítulo 5, donde el ministerio del Consejero lleva al pueblo de Dios, en su tiempo de angustia, y a donde el ministerio de nuestro maravilloso Consejero puede llevarnos a nosotros.
Si siguen el desarrollo del libro, el capítulo 5 realmente nos da el fruto del ministerio del Consejero.
¿Y a dónde lleva el Consejero al pueblo de Dios? Primero los lleva a un lugar, donde por primera vez desde la devastación que han experimentado, logran realmente orar.
Y el capítulo 5 es una oración. Es el mismo pueblo de Dios, finalmente capaz de hablar con Dios. «Acuérdate, oh Señor, de lo que nos ha sucedido».
Les he estado hablando a lo largo de esta serie, cada una de estas semanas, sobre el extraordinario grupo de parejas que se reunió con mi esposa Karen y conmigo, personas que habían sufrido la devastadora pérdida de un hijo o una hija.
Hablamos sobre la oración. Y varios comentaron lo difícil que les resultaba orar cuando estaban paralizados por la experiencia de la pérdida, lo distante que Dios se sentía.
Recuerdas cómo C. S. Lewis dice «¿Dónde está Dios cuando lo necesitas?» y escribe sobre su propio duelo y cómo cuando intentaba orar sentía que el sonido que escuchaba era el de una puerta cerrándose en su cara, poniendo llave y doble cerrojo. Y después de eso… solo silencio.
Creo que la mayoría de los cristianos saben y han experimentado lo que es decir: «No me siento capaz de orar».
Pero, ¿ves la importancia de esto? Estas personas que han quedado completamente devastadas son llevadas por el ministerio del Consejero, finalmente en el capítulo 5, a un lugar donde finalmente son capaces de orar. Hablan con Dios por sí mismos, y lo hacen aquí por primera vez.
Ahora bien, como era de esperar, la oración que ofrecen surge de la agonía de su corazón. De hecho, todo el capítulo es angustioso de leer. Acabamos de leer la última parte. Se desahogan y finalmente ponen palabras a algunos de los peores y más horrendos escenarios que han vivido.
Pero lo significativo es que desde la agonía de su corazón, el pueblo de Dios está hablando con Dios, por sí mismo. Y eso es una manifestación maravillosa del triunfo de la gracia.
Por cierto, el hecho de que esta oración, cuando finalmente brota, surge de la agonía del corazón, nos recuerda que no es necesario estar en un estado de paz y serenidad perfectas para poder orar. ¿No es eso una buena noticia?
Sabes, si todos tuviéramos que estar en un estado de calma, con un sentido del orden, serenos y con una sensación de paz antes de orar, no estaríamos orando mucho, porque la vida no suele llevarnos a ese lugar de paz.
Recordemos que cuando Ana oró, estaba profundamente afligida, según dice la Biblia, y lloraba amargamente, y el Señor Jesús, cuando oró en el huerto de Getsemaní, dijo: «Mi alma está muy afligida».
Así que nunca pienses que necesitas estar en un estado de calma y paz, con la sensación de que todo está bien, antes de poder orar. Puedes venir a Dios tal como eres; a ese lugar es donde te lleva el Consejero.
Pero hay más, el Consejero no solo lleva a las personas a un lugar donde pueden orar, sino que también establece al pueblo de Dios en la fe.
Lo que sucede en el capítulo 5 es que ellos expresan a Dios, desde un corazón angustiado, sus palabras de dolor, exponen su aflicción línea tras línea ante Él hasta llegar a la suma en el versículo 17: «Por esto está abatido nuestro corazón».
«Por estas cosas se nublan nuestros ojos, porque el monte Sión está asolado». Y luego fíjense en la siguiente palabra: PERO. «Pero Tú, oh Señor, reinas para siempre, Tu trono permanece de generación en generación».
La ciudad de Dios está en ruinas. El templo de Dios ha sido destruido. Pero Dios no está atado ni a la ciudad ni al templo. «El monte Sión está desolado, pero tú, oh Señor, reinas para siempre. Tu trono permanece por todas las generaciones».
Hay un poema extraordinario escrito por un soldado que soportó los horrores de las trincheras en la Primera Guerra Mundial. Caos, brutalidad, todo a su alrededor. Y en las trincheras, al ver el caos de la tierra debajo, elevó su mente y su corazón al trono de Dios en el cielo y escribió estas palabras.
«No pueden bombardear Su templo ni hacer estallar su trono. No pueden bombardear su ciudad ni robarle lo que es suyo. No pueden capturarlo ni dejarlo sordo o ciego, ni matarlo de hambre para que se rinda o cambie de opinión.
No pueden causarle pánico ni cortar sus provisiones. No pueden quitarle su reino ni hacerles daño con sus mentiras.
Aunque todo el mundo se haga añicos, su verdad sigue siendo la misma, sus leyes justas siguen siendo poderosas y “Padre” sigue siendo su nombre.
Aunque nos enfrentemos a la guerra y al hambre, y sintamos su aguijón y su vara, sabemos que por encima de la confusión siempre estará Dios».
«La ciudad yace en ruinas, pero tu trono, oh Dios, permanece para siempre».
Esa es la declaración de fe más notable de personas que están sufriendo la pérdida más sorprendente. Y verán, ahí es donde los ha llevado el ministerio del Consejero. No solo son capaces de orar desde la agonía de su corazón, sino que, incluso en medio de esta devastación, están firmes en la fe.
Pero ahora aquí hay algo más que el Consejero hace de una manera verdaderamente maravillosa: los lleva a un lugar donde oran, los afirma en la fe, y 3- le restaura al pueblo la esperanza.
Veamos el versículo 21: «Restáuranos a Ti, oh Señor, y seremos restaurados».
Ahora bien, Dios es maravillosamente honrado en este versículo y en esta oración porque como ven, lo que el pueblo está diciendo es: «Haz que volvamos a ti».
«Dios, si te tenemos a ti, podemos soportar cualquier cosa. Pase lo que pase, hay esperanza para nosotros, y podemos enfrentar lo que venga si te tenemos a ti y tú estás con nosotros». «Restáuranos, oh Señor, para que seamos restaurados».
Así que aquí tenemos a un Consejero, este ministerio que se llevó a cabo en primera instancia a través de Jeremías en el Antiguo Testamento, pero que claramente nos apunta hacia algo más grande y aún más maravilloso.
Un ministerio del Consejero que se desarrolla a lo largo de 4 capítulos y que ha llevado a estas personas afligidas a un lugar donde pueden orar, donde se han afianzado en la fe y donde han recuperado la esperanza.
Ahora quiero que presten atención a una cosa más que es muy importante. Estas personas han podido orar, tienen fe y esperanza, pero aún tienen preguntas. Y eso es muy significativo al final de este libro.
Fíjense en lo que dice el versículo 22: «A no ser que nos hayas desechado totalmente, y estés enojado en gran manera contra nosotros». Y ahí es donde termina el libro. Ese es el último versículo.
Ahora bien, al leer esto quizá pienses que Lamentaciones habría tenido un final mejor si hubiera terminado en el versículo 21. Fíjate en el versículo 21: «Restáuranos a Ti, oh Señor, y seremos restaurados». ¿No es un final magnífico? ¿Por qué estropearlo añadiendo el versículo 22?
Bueno, Dios no comete errores. Y el versículo 22 es exactamente el final adecuado por 2 razones. En 1er lugar, el dolor nunca es claro y ordenado. Las personas que oran, las personas que tienen una fe firme, las personas que tienen esperanza, siguen teniendo preguntas. Es muy importante entender esto.
Caminamos por fe, no por vista, y Lamentaciones 5:22, nos protege de un cierre prematuro, del tipo de actitud que dice: «Bueno, entonces todo está bien ahora, ¿cierto? Podemos continuar con nuestras vidas…»
C. S. Lewis escribe en su maravilloso libro, Una pena en observación, sobre cómo la gente, algún tiempo después de la muerte de su esposa, comenzó a decirle, «supéralo».
Él dijo que ese lenguaje puede estar bien si te están operando de apendicitis, «supéralo». Pero añade: piénsalo de esta manera. Si un hombre pierde una pierna, puede llegar a adaptarse a vivir como alguien con una sola pierna, pero su vida nunca será la misma. Ha cambiado para siempre.
Lamentaciones termina reconociendo las preguntas, el dolor y la confusión que pueden seguir experimentando aquellos que oran, creen y esperan. Es muy importante aclarar esto.
La 2da razón por la que este es exactamente el final adecuado es porque la pregunta al final de Lamentaciones no se responde de manera definitiva hasta muchos años después. Veamos de nuevo la pregunta.
«Restáuranos a Ti, oh Señor, y seremos restaurados; renueva nuestros días como antaño, a no ser que nos hayas desechado totalmente, y estés enojado en gran manera contra nosotros».
¿Ve cuál es la pregunta aquí? El pueblo de Dios está diciendo: «Señor, ¿has terminado con nosotros? ¿Es este realmente el final para nosotros?». El pueblo de Dios sabía que Él podía restaurar a Jerusalén, pero en ese momento no sabían si lo haría.
Sabían lo que Dios podía hacer y por eso tenían esperanza, pero en ese momento no la tenían, nadie la tenía. Y así, la pregunta queda en el aire. «¿Has terminado con nosotros, Dios?»
Ahora bien, para obtener la respuesta definitiva a esa pregunta tenemos que avanzar en la historia bíblica. Casi 600 años después del libro de Lamentaciones, el Consejero cuyo ministerio se menciona en las páginas de Lamentaciones se hace carne.
Jesucristo es nuestro maravilloso Consejero y es Jesucristo quien responde a la pregunta final del libro de Lamentaciones, y lo hizo en la cruz. «¿Vas a estar enojado con nosotros, oh Dios, para siempre? ¿Has terminado con nosotros?»
Bueno, Dios respondió a esa pregunta de manera definitiva enviando a Su Hijo. Él se convirtió en el hombre de Lamentaciones 3:1, tal como se convirtió en el siervo de Isaías 53.
Y gracias al hombre que sufrió aflicción bajo la vara de la ira de Dios, la última pregunta en el capítulo 5 de Lamentaciones recibe una respuesta maravillosa y gloriosa.
No… «Dios no envió a Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él».
Dios no ha terminado con Su pueblo. Dios no estará enojado con los suyos para siempre. ¿Por qué? Porque Él mismo se hizo hombre y soportó la ira, el castigo, el enojo en sí mismo, en Su cuerpo en la cruz.
No sé si alguna vez pensaste en esto, pero esta frase me ha llegado con un significado completamente nuevo.
¿Podría Poncio Pilato, cuando hizo azotar a Jesús y luego, cuando hizo que colocaran esa terrible corona de espinas sobre su cabeza, y lo presentó ante la multitud, golpeado y sangrando, para burlarse de Él, haber tenido alguna idea de que en ese momento estaba cumpliendo la profecía de Lamentaciones 3:1?
¿Recuerdas lo que dijo al anunciar el título de Jesús? Pilato dijo: «He aquí el hombre».
Jesucristo es el hombre; Él es el Consejero Maravilloso que no solo se sienta junto a Su pueblo en nuestro dolor y en nuestra pérdida, sino que también habla a Su pueblo dándose a conocer. Y Él es aquel que sufre por Su pueblo, algo que va mucho más allá de todo lo que Jeremías podría haber logrado.
La buena noticia del Evangelio es que ha venido el Consejero Maravilloso que responde a la pregunta final de Lamentaciones 5.
Dios se hizo hombre y cuando lo hizo, descendió al punto más bajo, al lugar más oscuro. Y eso es muy importante porque las personas afligidas necesitan un Salvador que sepa lo que es sufrir, y Jesucristo sabe completamente lo que es sufrir.
Edward Shilito, quien había experimentado todo tipo de horrores en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, observó el mundo de la religión alrededor del planeta y no quedó impresionado. Lo que veía en la religión era distancia, lejanía, personas que adoraban a dioses que no parecían preocuparse.
Y entonces, descubrió a Jesucristo, y llegó a creer que Dios, el Dios verdadero, sabe lo que es sufrir. Y escribió estas palabras: «A nuestras heridas solo pueden hablarles las heridas de Dios, y ningún dios tiene heridas, excepto Jesucristo».
Un mundo que sufre necesita un Salvador que también ha sufrido, pero un Salvador que haya triunfado sobre Su propio sufrimiento. Así que, gracias a Dios, el sufrimiento no fue el final para Jesucristo. Él lo vivió, pero lo superó a través del triunfo de Su resurrección.
Y este Salvador se ofrece a cada uno de nosotros hoy en día en todas las circunstancias de la vida, incluyendo nuestro mayor dolor, tristeza y pérdida. ¡Él es el Consejero Maravilloso al que puedes acudir!
Y quiero terminar simplemente diciendo esto… Si pudieras ver todo lo que hay en Jesús, ya no tendrías miedo ni dudas.
Pero sabemos que ninguno de nosotros ha llegado ahí todavía. Ninguno de nosotros ve en este momento todo lo que hay en Jesús, aunque algún día, si somos suyos, lo veremos. Algún día la fe se convertirá en vista.
Cuando veas todo lo que hay en Jesús, todo temor desaparecerá. Toda duda se desvanecerá. Cada lágrima será enjugada de tus ojos. Tu alegría será completa y nunca terminará.
Hasta entonces, caminamos por fe y no por vista, y eso significa que cuanto más veas a Jesús, más podrás orar, más firme estarás en la fe y más recuperarás la esperanza, porque ahí es donde el ministerio del maravilloso Consejero guía al pueblo de Dios.
Oremos:
Padre, te pedimos que tomes el bálsamo sanador de tu Palabra y el ministerio de nuestro glorioso y maravilloso Consejero Jesucristo, y apliques estas verdades en los lugares más profundos y heridos de nuestros corazones.
Que por la obra y el ministerio del Salvador seamos llevados a un lugar donde también nosotros seamos capaces de orar. Donde también nosotros seamos fortalecidos en la fe, y donde también nosotros recuperemos la esperanza.
Concédenos poder ver cada vez más lo que hay en Jesús, aquel que viene y se sienta con nosotros, que nos habla y que a través de Su ministerio, nos lleva cada vez más al lugar donde comienza la sanidad.
Hasta que un día la fe sea gloriosamente transformada en vista y estemos con nuestro Señor, y todas las lágrimas sean enjugadas de nuestros ojos por los siglos de los siglos.
Oramos estas cosas en Su nombre, amén.

