«Ojalá hubiera alguien que pudiera comprender el alcance de mi dolor y mi tristeza». ¿Alguna vez has dicho o pensado esto? En la primera parte de Oración y alabanza, el pastor Colin habla del Consejero que puede hacerlo.
Pasaje: Lamentaciones 5:1-22
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Nuestro enfoque estará en el final del capítulo 5 de Lamentaciones, aunque también revisaremos algunos capítulos anteriores para obtener una visión general de todo el libro.
Pero primero quiero que presten atención a algo muy llamativo al comienzo del capítulo 5 de Lamentaciones. «Acuérdate, oh Señor, de lo que nos ha sucedido, mira y ve nuestro oprobio».
Ahora bien, las palabras «nos» y «nuestro» aparecen por todo este capítulo y aquí radica su importancia, en el capítulo 5 de Lamentaciones es la primera vez que los que están afligidos hablan por sí mismos.
He leído bastante sobre Lamentaciones y aún no he encontrado ningún erudito que no afirme que el pueblo de Dios, el pueblo afligido, no dice ni una palabra hasta el capítulo 5, y ese es el significado de que de repente veamos el «nos» y el «nuestro».
En otras palabras, estas personas han quedado tan impactadas, tan perplejas, tan paralizadas por los horribles acontecimientos que han ocurrido en sus vidas, que apenas pueden asimilar lo que les ha sucedido.
Simplemente se sientan en silencio y no dicen una palabra en los capítulos 1-4. Solo en el capítulo 5 es cuando el pueblo, por primera vez, comienza realmente a hablar.
Ahora bien, esto plantea una pregunta muy obvia; ¿quién ha estado hablando en los cuatro primeros capítulos del libro? La primera respuesta a esa pregunta es que el libro de Lamentaciones fue escrito por Jeremías.
Las lágrimas, las palabras, la culpa, el dolor, la esperanza y la sanación que hemos estado analizando juntos en los primeros 4 capítulos de Lamentaciones, son expresadas a través de Jeremías, por el poder del Espíritu Santo que se movía dentro de él.
Pero está muy claro que en Lamentaciones hay mucho más de lo que Jeremías mismo podría expresar. Los académicos a menudo hablan de Lamentaciones como una especie de drama en el que se oyen diferentes voces: la voz de la ciudad, la voz del profeta y finalmente en el último capítulo, escuchamos la voz del pueblo.
Ellos debaten cuántas voces hay en este drama de Lamentaciones, pero lo que quiero que veamos hoy es que hay una voz que es más importante que todas las demás. Así que mantén este dato presente.
Durante 4 capítulos, el pueblo de Dios, paralizado por lo que ha sufrido, ha estado en silencio. Alguien más está poniendo en palabras lo que estas personas no podían expresar por sí mismas.
Alguien más se acerca a ellos y dice: «Esto es lo que has sentido, ¿verdad? Esto es lo que has pensado, ¿no es así? Esto es lo que has experimentado, ¿cierto?»
Hoy voy a llamar a esa persona «El consejero». Y quiero que veamos que lo que ocurre en este extraordinario libro es que un consejero se acerca a personas afligidas y las consuela en su dolor y su pérdida.
A lo largo de estos 4 capítulos este consejero las guía hasta llegar al capítulo 5, donde finalmente son capaces de hablar por sí mismas.
Y creo que el ministerio de esta persona es realmente un modelo de lo que hoy llamaríamos consejería bíblica, en su mejor expresión. Así que lo que quiero hacer hoy es presentarles a este Consejero, contarles de su ministerio e invitarles a buscar su ayuda.
3 observaciones
1- el Consejero se sienta con el pueblo
Si vuelves por un momento al capítulo 1, verás que Lamentaciones comienza con un lenguaje descriptivo. Al mirarlo, no aparece ningún «nosotros», «nuestro» o «nos»; el pueblo no tiene palabras, está en silencio, en medio de su sufrimiento.
Imagina que estás sentado, contemplando los escombros de esta ciudad en ruinas y alguien se sienta a tu lado, en tu dolor, en tu pena, en tus lágrimas y en tu pérdida. Y esa persona dice, en el versículo 1…
«Cómo yace solitaria la ciudad de tanta gente!».
Este Consejero no es un observador distante. Está presente en el dolor junto al pueblo. Se sienta a su lado y llora con ellos. Su ciudad es su ciudad. Su pérdida es su pérdida. Su tristeza es su tristeza.
Versículo por versículo, este Consejero, sentado junto al pueblo de Dios afligido, sostiene la fragilidad de sus vidas, cada parte de ella, y les muestra lo que ha sucedido. Los guía a través de este proceso doloroso.
Imagínate sentado con un consejero que te ayuda, te apoya en tu dolor, tu tristeza y tu pérdida. No se sienta al otro lado de un escritorio, sino que se sienta a tu lado, en tu dolor y llora contigo.
Y cuando él habla, pone en palabras exactamente lo que has experimentado y lo que estás sintiendo, de una manera que tú nunca podrías haberlo expresado por ti mismo.
De hecho, cuando habla, te encuentras completamente asombrado. ¿Cómo es que me conoce tan plenamente y tan por completo? Eso que dice es exactamente lo que soy, pero aun yo mismo nunca podría haberlo dicho de esta manera.
Es posible que en diferentes momentos de tu vida hayas dicho: «Ojalá hubiera alguien que pudiera sentir lo que yo siento, pero nadie puede conocer el alcance de mi dolor, de mi tristeza y de mi pérdida. Nadie puede sondear las profundidades del corazón de otro ser humano».
Pero, verás, cuando lees Lamentaciones, eso es precisamente lo que encuentras ahí. Alguien que sí sondea las profundidades del corazón humano.
Y lo que este libro nos dice es que cuando el pueblo de Dios se encontraba en un lugar tan oscuro y desesperado, ni siquiera podían hablar por sí mismos. Alguien vino y se sentó con ellos, y lloró con ellos, como alguien que conocía su sufrimiento desde dentro.
Ahora bien, seguramente cuando vean esto, sentirán que esto nos señala el camino hacia adelante, como lo hace constantemente el Antiguo Testamento con nuestro Señor Jesucristo, quien es descrito, como el Consejero maravilloso, el que nos acompaña en nuestro dolor y en nuestra tristeza y nos ministra con Su Espíritu Santo.
De hecho, el Señor Jesús se describió a sí mismo, a Su ministerio, y a la obra del Espíritu Santo de esta manera. Nuestro Señor se refiere al Espíritu como «otro Consejero» en Juan 14:16, lo que significa que Jesucristo mismo es el Consejero y cumple este maravilloso ministerio en la vida de cada uno de sus discípulos, mediante la presencia del Espíritu Santo.
Verán, hay algo maravilloso, cuando uno se convierte en cristiano, el Espíritu Santo de Dios realmente mora en nosotros. Esto significa que Él está presente en todo lo que experimentamos, conociendo desde dentro, incluso nuestro mayor dolor y nuestra mayor pérdida, porque Él mora en nosotros.
Él conoce todo lo que has pensado y experimentado, todo lo que has sentido. Él te conoce desde dentro porque mora en ti.
Así que aquí hay una verdad maravillosa que es un consuelo y una fortaleza para el pueblo de Dios. Dios te conoce completamente. Nada de lo que hayas pensado o sentido está oculto para Él.
Y si llegas a un momento, en el que estás convencido de que nadie podría saber jamás lo que has soportado o lo que has sentido, que nadie podría comprender jamás la profundidad de tu angustia, recuerda al Consejero que está contigo en tu dolor, que se sienta a tu lado, que llora con los que lloran.
El Consejero, un consejero maravilloso, se sienta con el pueblo de Dios en su dolor y en su pérdida. Esa es lo primero.
2- Este consejero habla al pueblo de Dios en su dolor y en su pérdida.
Ahora, estamos tratando de obtener una visión general de Lamentaciones, y si miran el capítulo 3, verán que ocurre un cambio muy notable en el libro.
A lo largo de los 2 primeros capítulos, el Consejero ha estado hablando por el pueblo, en nombre de ellos, expresando con palabras lo que ellos no habrían sido capaces de expresar por sí mismos.
Pero ahora el Consejero se dirige al pueblo. Fíjense que dice: «Yo soy el hombre que ha visto la aflicción».
Ahora, de repente, el Consejero nos habla a nosotros. Ha estado hablando por nosotros, pero ahora nos habla a nosotros. Y cuando nos habla, habla de sí mismo. Ha establecido una relación contigo.
Después de 2 capítulos, ahora sabes que como si estuviera dentro de ti, él entiende lo que piensas y sientes, y lo expresa mejor de lo que tú mismo podrías hacerlo.
Pero ahora, habiendo demostrado que te conoce completamente, quiere que tú lo conozcas a él, por lo que comienza a hablar de sí mismo. Y fíjate en lo que dice, versículo 1: «Yo soy el hombre que ha visto la aflicción». Un título o descripción muy distintivo que se da a sí mismo.
El Consejero se describe a sí mismo como «el hombre». Ahora observa lo que este hombre nos dice acerca de sí mismo; el hombre sufre bajo la vara de la ira de Dios, en el versículo 1.
El hombre es llevado a la oscuridad más profunda, sin ninguna luz, versículo 2. Y en el versículo 8, el hombre nos dice que sabrá lo que es clamar y gritar pidiendo la ayuda de Dios, pero que Dios no escuchará su oración.
Y luego, tras describir la experiencia de su propio sufrimiento, el hombre nos habla de su esperanza, versículos 21 y 22: «Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza de que las misericordias del Señor jamás terminan».
Entonces, lo que tenemos aquí, al juntar las piezas, es el ministerio de un consejero, un consejero verdaderamente maravilloso, que se describe a sí mismo como «el hombre» (ese es el título que él adopta aquí).
Y que viene al pueblo de Dios cuando están tan perplejos e impactados que ni siquiera pueden encontrar palabras para expresarse por sí mismos. Todo lo que pueden hacer es sentarse en silencio.
Pero este maravilloso Consejero habla de tal manera que el pueblo de Dios se convence de que él los conoce completamente. Con compasión, recoge cada pedazo de sus vidas destrozadas y dice: «Esto es lo que ha sucedido, déjenme guiarlos a través de todo esto»…
Y ahora les habla de sí mismo como si dijera: «Ahora los conozco y en su dolor y su pérdida, quiero que me conozcan a mí también».
Así que durante 4 capítulos, el pueblo de Dios permanece en silencio. Están experimentando el ministerio de este Consejero que habla por ellos y les habla a ellos.
Permítanme mostrarles algo maravilloso mientras regresamos ahora al capítulo 5, donde el ministerio del Consejero los guía, y donde el ministerio de nuestro maravilloso Consejero puede guiarnos también a nosotros.
Entonces, el capítulo 5, si sigues el desarrollo del libro, nos muestra realmente el fruto del ministerio del Consejero. Él ha estado hablando y ministrando de esta manera al pueblo, a lo largo de estos 4 capítulos, y ahora aquí está el fruto de su ministerio.
¿Y a dónde lleva el Consejero al pueblo de Dios? Pues evidentemente los lleva a un lugar, donde por primera vez desde la devastación que han experimentado, pueden orar. Ahí es donde los lleva.
Verán, el capítulo 5 es una oración, ¿pueden verlo? Es el pueblo de Dios finalmente capaz de hablar con Dios mismo: «Acuérdate, oh Señor, de lo que nos ha sucedido».
Les he estado hablando, cada una de estas semanas, sobre el extraordinario grupo de personas que se reunieron con Karen y conmigo durante mes y medio, personas que habían sufrido pérdidas devastadoras.
Hablamos sobre la oración, y cada uno comentaba lo difícil que les resultaba orar cuando se sentían paralizados por la experiencia de la pérdida, y lo distante que a veces les parecía que estaba Dios.
Recuerdan lo que les cité de C. S. Lewis: «¿Dónde está Dios cuando lo necesitas?». Él escribe sobre su propio dolor y cómo, cuando intentaba orar, sentía que el sonido que oía era el de una puerta que se cerraba en su cara y se cerraba con llave y doble cerrojo. Y después de eso, solo el silencio.
Creo que la mayoría de los cristianos conocen y experimentan eso de decir: «No me siento capaz de orar». Pero ¿ves lo que eso significa?
Estas personas que han quedado completamente devastadas, son llevadas por el ministerio del Consejero, finalmente en el capítulo 5, a un lugar donde realmente son capaces de orar. Hablan con Dios por sí mismas, y por primera vez desde su tragedia.
Ahora, cómo se podría esperar, la oración que ofrecen surge de una angustia profunda del corazón. Todo el capítulo es realmente doloroso de leer.
La angustia se derrama de ellos, y algunos de los escenarios más horribles y espantosos que han experimentado, finalmente se ponen en palabras. Pero lo significativo es que a pesar de esa profunda angustia, el pueblo de Dios está realmente hablando con Dios, por sí mismo. Y eso es un triunfo maravilloso de la gracia.
Por cierto, el hecho de que esta oración, cuando finalmente surge, provenga de una angustia profunda del corazón, nos recuerda que no necesitas estar en un lugar de paz perfecta y compostura mental para poder orar. ¿No es esa una buena noticia?
Saben, si todos tuviéramos que estar en un estado de calma, con un sentido de orden y compostura, antes de orar, pues no estaríamos orando mucho, porque la vida rara vez nos lleva a un lugar así.
Recuerden que cuando Ana oró, estaba profundamente afligida, dice la Biblia que lloró amargamente. Y el Señor Jesús, cuando oró en el jardín de Getsemaní, dijo: «Mi alma está muy afligida».
Así que nunca piensen que necesitan estar en un estado de compostura y paz, con la sensación de que todo está bien, antes de poder orar. Pueden acercarse a Dios tal como están. Ahí es adonde el Consejero los lleva.
Pero hay más, el Consejero no solo lleva a las personas a un lugar donde pueden orar, sino que también establece al pueblo de Dios en la fe.
Así que lo que ocurre en el capítulo 5 es que derraman ante Dios las palabras de dolor en su corazón agonizante, le exponen su tristeza, línea tras línea, hasta llegar a la conclusión en el versículo 17…
«Por esto está abatido nuestro corazón, por estas cosas se nublan nuestros ojos», y luego fíjate en la siguiente palabra… «pero». «Pero Tú, oh Señor, reinas para siempre, tu trono permanece de generación en generación».

