El cielo es realmente maravilloso, pero probablemente parezca muy lejano para quien está sufriendo. El pastor Colin habla acerca de dónde las personas que están de luto pueden encontrar esperanza.
Pasaje: Lamentaciones 3:19-32.
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Ahora bien, esta es la pregunta que he estado haciendo mientras medito en Lamentaciones 3: Jerusalén era la ciudad más bendecida sobre la faz de la tierra, y Lamentaciones registra el dolor del pueblo cuando Jerusalén es destruida completamente.
Este es el lugar donde Dios ha puesto su nombre. Este es el lugar donde estaba el templo, donde la presencia de Dios descendía. Este es el gran lugar al que se habían dirigido tantas promesas, y ahora es un montón de escombros y ruinas.
Ahora bien, ¿qué esperarías que fuera el mensaje de esperanza en «Lamentaciones»? Mira, nosotros sabemos por la historia bíblica que 70 años después de esta catástrofe, hubo una generación del pueblo de Dios guiada por Esdras y Nehemías que regresó a la ciudad en ruinas, reconstruyó sus muros, reconstruyó el templo y estableció una nueva comunidad.
Así que podrías esperar que como consuelo y esperanza para el pueblo que está llorando en Lamentaciones, Dios dijera: «Ahora, setenta años a partir de hoy, habrá una nueva comunidad en Jerusalén reconstruida. Las puertas serán colgadas de nuevo, el templo será reconstruido, se edificarán casas, y los niños volverán a jugar en las calles».
Pero no encuentras nada parecido en el libro de Lamentaciones. ¿Por qué no? Porque en otras profecías del Antiguo Testamento es donde se anuncia que esto sucedería, y luego cuando avanzas más en la historia bíblica.
Muchos de ustedes saben que, al llegar al final, en el libro de Apocalipsis, capítulo 21, a Juan se le dio esta maravillosa visión de la Nueva Jerusalén descendiendo del cielo, viniendo de parte de Dios.
La Nueva Jerusalén que no era simplemente Jerusalén reconstruida, sino Jerusalén perfeccionada: una ciudad santa en la que no habría más llanto, ni más duelo, ni más muerte, ni más dolor.
Y dirás: «Bueno, no espero eso en Lamentaciones porque eso está en el Nuevo Testamento». Pero en otros profetas del Antiguo Testamento tienes exactamente esa anticipación de la Jerusalén final y perfeccionada, en la que no habrá más lágrimas.
Por ejemplo, en Isaías 65:19, Dios dice: «Me regocijaré en Jerusalén y me alegraré en mi pueblo; no se oirá más en ella voz de llanto, ni clamor de angustia».
Eso está en el Antiguo Testamento, y se refiere a la Nueva Jerusalén, el cumplimiento del propósito final de Dios. Pero no hay nada de eso en el libro de Lamentaciones.
¿Dónde está la esperanza para mí hoy?
¿Por qué no? Sin duda la razón es esta: aunque el cumplimiento del propósito final de Dios es maravilloso, para una persona en duelo puede parecer muy, pero muy lejano. La persona que está de duelo no está pensando tanto en: «Bueno, la cosa está mala, pero un día estaré en el cielo».
La persona que está de duelo se está preguntando: «¿Cómo voy a sobrevivir la próxima hora, el próximo día y la próxima semana? ¿Cuál es la esperanza, no para el mañana, dónde está la esperanza para mí hoy?»
Si miras el versículo 17, aquí es donde está la persona en duelo en el libro de Lamentaciones: «Mi alma está privada de paz. He olvidado lo que es la felicidad. Se me acabaron las fuerzas».
Cualquier persona en duelo conoce esto. «Estoy cansado todo el tiempo. No tengo ganas de hacer nada. He perdido energía. Todo parece un esfuerzo enorme para mí».
«Ciertamente mi alma lo recuerda [la aflicción]» —versículo 20—.
Cualquiera que haya experimentado trauma o cualquiera que haya sufrido violencia, sabe exactamente de qué se está hablando.
«Ciertamente mi alma lo recuerda». Los recuerdos repentinos que vienen cuando vas en el auto, cuando estás en la regadera, cuando estás en tu cama de noche. «Mi alma repasa una y otra vez estos recuerdos terribles».
Y luego tenemos estas palabras extraordinarias del versículo 21: «Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza».
Ahora dirás: «¿Qué es lo que trae a la memoria la persona que está en duelo, que está exhausta, que ha sufrido trauma? ¿Qué recuerda para tener esperanza?».
Y la respuesta aquí no es la esperanza final del cielo. ¿Qué es lo que trae esperanza a la persona que ha olvidado lo que es la felicidad, que está privada de paz, cuya mente da vueltas una y otra vez sobre lo que ha sucedido?
Aquí está: «Que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades, son nuevas cada mañana. ¡Grande es Tu fidelidad!»
Ves, esa es la esperanza que Dios da a la persona que está haciendo esta pregunta: «¿Cómo voy a atravesar la próxima hora? ¿Cómo voy a atravesar el próximo día? ¿Cómo voy a atravesar la próxima semana?».
Este Dios maravilloso nos da una esperanza final, y nos da una esperanza inmediata. Nos da esperanza para mañana y nos da esperanza para hoy.
Una integrante de nuestro grupo de duelo dijo que en los primeros días después de perder a su hijo se sentía como si se hundiera en un pozo, y dijo: «Seguía pensando: Me estoy hundiendo, me estoy hundiendo, ¿cómo voy a salir?». Le parecía que no había nada firme bajo sus pies.
Luego dijo: «Aprendí a darle gracias a Dios por las cosas más pequeñas. Le di gracias cuando el cielo estaba azul. Le di gracias cuando el sol brillaba. Si escuchaba cantar a un pájaro, le daba gracias a Dios porque había un pájaro cantando».
Ella dijo que descubrió que cada vez que le daba gracias a Dios era como si diera un pequeño paso para poder salir de ese pozo terrible.
Entonces, ¿ves el enfoque de la esperanza para quienes intentan reconstruir su vida entre las ruinas y los escombros de la ciudad de Jerusalén en Lamentaciones?
¿Qué es? Es la esperanza de la presencia inmediata de Dios, es el reconocimiento de que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana. Tu Redentor es fiel y verdadero. Él ha dicho: «Nunca te dejaré ni te desampararé».
¿Cómo puedes sostener estas 2 realidades juntas?
Y aquí está lo último que quiero decirles, y es muy importante. La pregunta que esto despierta inevitablemente en la mente de cualquier persona que está de duelo o sufriendo es esta:
«¿Cómo puedo creer de verdad que Dios —quien ha permitido tanto dolor en mi vida— realmente está a mi favor y que sus misericordias hacia mí son nuevas cada mañana?»
En otras palabras, si puedo decirlo así: ¿cómo puede la persona que dice en el versículo 15: «Me ha llenado de amargura»… ¿Cómo puede esa misma persona decir también, en el versículo 22: «las misericordias del Señor jamás terminan»?
¿Cómo puedes reconocer el fiel amor del Señor cuando has experimentado algo tan amargo? O dicho de otra manera, ¿cómo puede la persona del versículo 16, la persona que dice: «Ha quebrado con guijarro mis dientes»?
¿No es una imagen impresionante? Casi puedes sentirlo al decirlo, y es muy desagradable.
Bueno, si esa es tu experiencia —si la vida se siente así de dura, así de áspera, así de repulsiva— ¿cómo puede esa persona decir también, en el versículo 23: «Sus misericordias son nuevas cada mañana»?
O dicho de otra forma, si miras el versículo 32, el último versículo que se leyó, que junta estas 2 ideas: ¿cómo puede la persona que dice que Dios ha causado aflicción decir también y saber que Él tendrá compasión?
Eso está en el versículo 32: «si aflige, también se compadece». ¿Cómo puedes sostener estas 2 realidades juntas?
«Dios ha causado aflicción en mi vida». ¿Cómo puedo ahora creer que Él —el mismo Dios— tendrá compasión? Esa es la pregunta, y está justo aquí delante de nosotros en el libro de «Lamentaciones».
«Jesús, por favor, basta»
Déjame contarte esta historia que encontré muy útil. En noviembre del 2013, Filipinas fue golpeada por el tifón más fuerte jamás registrado en la historia del país. Trajo una tragedia terrible.
6,500 personas perdieron la vida, aunque ese fue el número oficial, y se reconoció ampliamente que muchas más, que no fueron contabilizadas, habrían muerto en ese terrible desastre.
Más de un millón de personas quedaron sin hogar cuando sus casas y sus medios de vida fueron destruidos.
Christopher Wright, quien tiene un libro maravilloso sobre Lamentaciones, relata la historia de una niña que logró llegar a uno de los centros de evacuación justo cuando la tormenta estaba tocando tierra.
Así que aquí está el agua avanzando sobre la tierra con una fuerza tremenda y en un volumen tremendo. Y mientras las aguas se precipitaban, la madre de esta niña le gritó que subiera a un piso más alto en ese centro de evacuación al que habían llegado.
Y mientras las aguas corrían hacia este edificio, la niña gritó: «Jesús tama-lapo, Jesús tama-lapo», que significa: «Jesús, por favor, basta».
Y mientras gritaba, alguien —supongo que uno de los rescatistas que trabajaba en el centro de evacuación— la levantó hacia un lugar seguro y ella sobrevivió de manera increíble.
Ahora piensa conmigo por un momento en el grito instintivo de esa niña: «Jesús, por favor, basta».
Instintivamente, esa niña sostuvo juntas en ese clamor espontáneo dos verdades muy profundas.
1ro, que es Dios mismo quien trae desastre. Ella no es alguien que piensa que una tormenta golpea por mera casualidad.
Si crees en un Dios soberano, no puedes escapar de esto: de alguna manera la mano de Dios está detrás de las cosas más duras de la vida, así como de las mejores. Y ella reconoce eso, por eso le pide a Jesús que se detenga. «Jesús, por favor, ¡basta! Detente, para ya!»
Pero al mismo tiempo que reconoce que Dios trae desastre, también reconoce, en ese clamor espontáneo, que Dios libra del desastre. Que incluso cuando suceden las peores cosas, incluso cuando el mayor dolor llega a la vida de una persona, incluso en ese desastre, ella cree que Dios está a su favor de tal manera que puede pedirle ayuda.
«Jesús, por favor, basta». Intuitivamente, ella sostuvo juntas las 2 partes de Lamentaciones 3:32. «Aunque Él cause aflicción, tendrá compasión». Así que ella clama: «Jesús, por favor, basta».
Ahora, ¿cómo es posible que ella sostuviera juntas estas dos cosas? «Si aflige, también se compadece». Aquí está la razón por la que puede sostener juntas estas dos realidades, porque ella ha llegado a conocer a Dios por el nombre de Jesús.
Hay susurros del nombre de Jesús por todo el libro de Lamentaciones, pero nunca más claramente que en el capítulo 3.
Versículo 1: «Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo la vara de su furor». ¿Puedes escuchar esto en boca de Jesús al ir bajo la vara de la ira divina y soportar la misma ira de Dios por nosotros? «Yo soy el hombre», dice Él.
O el versículo 30: «Dé la mejilla al que lo hiere». Eso fue lo que Jesús hizo cuando lo abofetearon y lo abusaron tan horriblemente, eso que llamaron un juicio.
O el versículo 14: «He venido a ser objeto de burla de todo mi pueblo, su canción todo el día». Eso fue lo que le pasó a Jesús cuando fue clavado a la cruz y se burlaban y lo insultaban. «Tú dices que eres el Hijo de Dios, baja de la cruz si Dios te quiere».
O quizá más aún, el versículo 8 de este capítulo extraordinario, donde el que sufre, el que sabe lo que es estar en nuestro lugar bajo la misma ira de Dios, el que dio su mejilla a los que lo golpeaban y fue ridiculizado, dice: «Aun cuando clamo y pido auxilio, Él cierra el paso a mi oración».
Y recuerdas cómo esa también fue la experiencia de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Ahora ves la razón por la que esta niña pudo sostener intuitivamente al Dios que causa aflicción y al Dios que tiene compasión: porque conoce a Dios por el nombre de Jesús, y en la cruz, Dios trae aflicción a Jesús y muestra compasión por medio de Jesús.
Y ves, ahí es donde está nuestra esperanza. Jesús fue a la cruz para que la misericordia de Dios te alcanzara en los días más difíciles de tu vida, y para que el amor de Dios te sostuviera en los días más oscuros de tu vida.
Y es por medio de Jesucristo que tenemos la esperanza del propósito final de Dios y la esperanza de Su presencia inmediata. «Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: Que las misericordias del Señor jamás terminan».
Así que agradece a Dios por las pequeñas misericordias. El cielo está azul. El sol brilla. Un pájaro canta. Pero permite que las pequeñas misericordias, que son múltiples en cada vida, te lleven a recordar la gran misericordia.
¿Y cuál es la gran misericordia? Que el Hijo de Dios te amó y se entregó por ti. Trae eso a tu memoria y tendrás esperanza. De verdad la tendrás.
Porque es en Cristo que el fiel amor del Señor jamás se acaba. Sus misericordias nunca terminan. Son para ti en Jesucristo, nuevas cada mañana. Porque grande es Su fidelidad.
Oremos. Padre, por favor trae a nosotros, no solo la esperanza final del mañana, sino también la esperanza inmediata de hoy, por tus misericordias que no tienen fin.
Concede que por tu Palabra y por tu Espíritu, nuestras mentes sean llamadas desde todo lo que nos agobia hacia Cristo, el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotros, para que seamos levantados y fortalecidos, y para que encontremos esperanza en Tu misericordia para enfrentar lo que cada uno de nosotros está enfrentando hoy.
Te pedimos estas cosas en el nombre de Jesús. Amén.

