¿Dónde está Dios cuando estás atravesando un tiempo de dolor o aflicción? En la segunda parte de Lágrimas y palabras, el pastor Colin habla sobre cómo Dios siempre está íntimamente involucrado en el sufrimiento de Su pueblo.
Pasaje: Lamentaciones 1:1–11
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Lamentaciones, quizás más que cualquier otro libro, es un libro empapado en lágrimas. Ahora quiero que noten esto: las lágrimas recorren todo el libro, no están solo en el capítulo uno y luego se secan y desaparecen.
Las lágrimas recorren todo el libro, y eso nos recuerda algo que los amigos que se reunieron en nuestra casa en esas noches me dejaron muy claro.
Las lágrimas de las personas que están en duelo vienen en momentos inesperados, nunca sabes cuándo vendrán. Una integrante de nuestro grupo de duelo nos recordó el himno “Estoy bien con mi Dios”, que dice:
“de paz inundada mi senda ya esté o cubierta por un mar de aflicción…”
Y dijo: «Así es. Las penas son como olas del mar, son como olas. El dolor viene en olas». Y a menudo, cuando no lo esperas, una nueva ola puede ser provocada por algo que ves, por un sonido o incluso por un olor.
Otra integrante de nuestro grupo dijo: «Sabes, la gente a menudo me dice: no sé qué decirte porque no quiero hacerte llorar».
“Y yo solo les respondo… ‘no te preocupes, porque no me vas a llevar a ningún lugar donde yo ya no haya estado’”.
Ahora, claro que a veces las lágrimas no vienen. Y esto también lo vemos en el libro de Lamentaciones. Otra integrante de nuestro grupo dijo que cuando se enteró de la muerte súbita de su hijo en un accidente automovilístico, dijo: «Estaba en un estado de shock tan grande que no pude llorar durante días». Ese fue su testimonio.
Y miramos Lamentaciones 1:13, que dice: «Me ha dejado desolada, desfallecida». Es como decir «Atónita». Atónita es cuando no estás registrando o entendiendo nada.
A veces, el impacto de una pérdida muy grande puede ser tan fuerte que congela los sentidos, por un tiempo. «No pude llorar durante días», dijo. Y lo que esperas sentir, o incluso, lo que crees que deberías sentir, para tu gran sorpresa, por algún tiempo, no lo sientes en lo absoluto.
Pero Lamentaciones nos dice: cuando las lágrimas lleguen, déjalas fluir, no las contengas. De hecho, esa exhortación nos es dada muy específicamente.
Permítanme darles otros dos ejemplos: Lamentaciones 2:18:
«Corran tus lágrimas como un río día y noche, no te des reposo, no tengan descanso tus ojos».
Y en el versículo 19:
«Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor».
Ese es el 1er tema: lágrimas.
Y entonces el 2do tema: habla, palabras, no las contengas. Ahora, aquí está la declaración más evidente: todo el libro de Lamentaciones, los 5 capítulos, todos son poemas en sí mismos, 5 poemas distintos. Todos son una expresión de dolor, todos hacen una cosa: ponen el duelo en palabras.
Lamentaciones es un derramamiento sostenido de dolor en el que los detalles dolorosos de lo que ocurrió y todo lo que se perdió son examinados, puestos en palabras y expresados una y otra vez.
Lee todo el libro y dirás: esto se repite muchas, muchas veces. Sí, exactamente, eso es lo que hace el duelo. Así es como es.
Leslie Allen cita las palabras de Shakespeare en Macbeth:
«Dale palabras al dolor, ponle palabras al dolor, pues el dolor que no habla, susurra al corazón demasiado cargado y lo incita a romperse».
En otras palabras, si hay un dolor que no habla, tienta al corazón mismo a quebrarse. Dale palabras al dolor, eso es lo que hace Lamentaciones. Es una comunidad de personas creyentes que le dan palabras a este dolor y pérdida indescriptible que han experimentado.
Y te sorprenderá la repetición con la que una y otra vez, repasan lo mismo y hablan de la misma pérdida.
Déjenme darles una imagen. Imaginen un jarrón que sea muy valioso para ustedes. Y ese jarrón se cae y se rompe en pedazos.
Y que hace la mujer que amaba ese jarrón. Se arrodilla y recoge esos pedazos, uno por uno, y los sostiene en sus dedos y los mira, girándolos, casi como para recordar a qué parte del jarrón pertenecía ese pedazo.
Algo similar sucede en el duelo, y por eso muy a menudo una persona en duelo hablará extensamente sobre lo que a otros les parece un detalle no muy significativo.
Y te podrías preguntar, ¿por qué es importante eso? ¿Por qué es importante eso en el contexto de su tragedia? Bueno, el asunto es que ese elemento que parece ser insignificante, es parte del panorama general, y no importa cuán pequeño sea el fragmento que la mujer recoja, ese pequeño fragmento era parte de su preciado jarrón.
Y por eso lo mira con tanta nostalgia, con tanto anhelo y con una tristeza tan profunda, incluso esa parte tan, tan pequeña. Era parte de algo valioso, parte de algo profundamente amado.
Dios nos ha dado todo este libro de la Biblia, que es un derramamiento sostenido de dolor en el que la pérdida se pone en palabras y se expresa una y otra vez. Siento que en esto Dios nos está diciendo algo muy importante sobre cómo debemos llorar.
Lágrimas y palabras. Deja que las lágrimas fluyan y no contengas las palabras.
Un biógrafo de G.K. Chesterton cuenta cómo su hermana Beatrice murió cuando tenía apenas 8 años. Chesterton era un niño pequeño cuando esta tragedia sorprendió a la familia, y su padre reaccionó de una manera que sorprendió a todos.
El padre de Chesterton respondió girando el retrato de Beatrice hacia la pared, deshaciéndose de todas sus pertenencias y prohibiendoles a todos que mencionara su nombre. «Listo, ya paso, seguimos adelante.»
Ahora, no podría haber nada más opuesto a lo que Dios nos enseña aquí en el libro de Lamentaciones. Afortunadamente, creo que nuestra cultura hoy está mucho más en contacto con la importancia de hablar sobre nuestro dolor y nuestra pérdida.
Pero aquí está la cuestión, una persona en duelo solo puede hablar sobre su dolor y pérdida si los demás estamos listos y dispuestos a escuchar. Hay dos lados en toda conversación.
Donald Howard, un pastor cuya esposa murió a los 40 años y que escribió un pequeño folleto muy útil llamado “Los cristianos también lloran”, dice lo siguiente: “Deja que los afligidos expresen afirmaciones sobre las cosas que hacian con su ser querido que ya no está.”
En otras palabras, Howard dice que es algo bueno cuando alguien está en un lugar de aflicción, que encuentres maneras de abrir la conversación, que les permita, que les invite, a poder hablar sobre aquel ser amado que siempre está en su mente.
Y luego dice que a menudo ocurre lo contrario. “Una ilustración típica de lo contrario es la de una viuda, cuyos amigos están hablando con ella, y de repente les viene a la memoria una historia divertida del esposo, pero se detienen, por consideración a la viuda, por temor a entristecerla.”
Ahora, él dice que si hubieran continuado con la anécdota del esposo, probablemente ella habría reído, y si, tal vez habrían habido una o dos lágrimas en sus ojos, pero se habría alegrado de ver que aún recordaban a su esposo, que ya no está entre ellos».
Y parte de la tarea de la congregación, con el tiempo, es ayudar a mantener viva la memoria de los seres queridos. Eso vale la pena.
Parte de nuestra responsabilidad y parte de cómo podemos ayudar a aquellos que caminan en el valle del duelo, el sufrimiento y la pérdida, es manteniendo activamente viva la memoria de alguien que ya no está entre nosotros, porque esa memoria está viva y presente en la mente y el corazón de la persona que está de duelo.
Probablemente ellos se preguntan con frecuencia… ¿Alguien más lo recuerda? ¿A alguien más realmente le importa?
Hemos reflexionado sobre la importancia de la congregación y Lamentaciones es realmente el lamento de una congregación unida, de nosotros siendo capaces de escuchar para que otros tengan una manera de llorar con los que lloran y un lugar en el que puedan hablar y saber que otros escucharán.
Lamentaciones realmente nos da una maravillosa imagen de lo que se nos manda en el Nuevo Testamento. Debemos llorar con los que lloran así como nos gozamos con los que se gozan.
Ahora, es importante recordar que hay 2 lados de como llorar con los que lloran.
Uno es que debe haber hermanos y hermanas listos para escuchar. Debe haber quienes estén dispuestos a sentarse, tomar tiempo e identificarse con el dolor de quien está de duelo.
Pero para que eso ocurra, la persona que está de duelo también debe estar dispuesta a permitir que algunos hermanos y hermanas entren en su dolor.
Y aquí también hay un desafío para la persona que experimenta pérdida. Verán, es muy fácil levantar lo que a veces llamamos una fachada valiente o poner una cara valiente y decir: «No, no, no quiero tristeza, solo quiero recordar y celebrar la vida».
Y entonces lo que eso significa es que determinas que sólo llorarás por tu cuenta. Y eso no es lo que encontramos en Lamentaciones.
Dios llama a tus hermanos y hermanas en Cristo a llorar contigo. También hay una pregunta aquí sobre si tú, persona querida y afligida, estás dispuesto a permitirlo. ¿Quién será aquel con quien compartirás tu llanto? No será cualquiera. Pero, ¿con quién será?
¿A quién le permitirás entrar en la experiencia de tu dolor y pérdida, para que por la gracia de Dios, puedan caminar contigo en ello? El cuerpo de Cristo es una parte maravillosa de la provisión de Dios para ti en medio de tu dolor y tu pérdida.
Y lo que eso significa respecto al dolor y la pérdida es que se nos da el privilegio y el llamado de permitirle a otros que entren a nuestro lugar de tristeza.
Luego hay una cosa más que quiero añadir: lágrimas, palabras… y Cristo. Lágrimas, palabras y Cristo.
Porque no puedes hablar de lágrimas, no puedes hablar de palabras, sin que tu mente, muy rápidamente, se dirija a nuestro Señor Jesucristo. Recuerden que la Biblia nos dice esto: Jesús lloró.
Cuando Lázaro, a quien Jesús amaba, murió, nuestro Señor llegó a Betania, y cuando llegó, Marta salió a recibirlo, luego después María. Estas son dos mujeres que están de duelo por la muerte de su amado hermano.
Recuerdan que cuando Jesús vio a María llorando y a los judíos que también habían venido llorando, Jesús se conmovió profundamente desde lo más íntimo de Su ser, con compasión, y se turbó grandemente. Y le dijo a María: «¿Dónde lo han puesto?» Y ellos le dijeron: «Señor, ven a ver».
Y leemos en Juan 11:35 que «Jesús lloró». ¿Por qué lloró?
Él sabía que en 5 minutos iba a resucitar a Lázaro de entre los muertos y le dijo a Marta: «Tu hermano resucitará».
Él no le dijo a Marta: «Como tu hermano resucitará, no llores». No, Él es la resurrección y la vida, pero también llora con Marta y María ante su pérdida.
Y por favor, nunca olviden, que Dios está siempre íntimamente involucrado con el dolor de Su pueblo. Hay un versículo hermoso en los Salmos que habla de esto. Espero que lo conozcan, y si no, que lo anoten y lo recuerden para un tiempo de dolor o aflicción. Habla en los Salmos sobre Dios reuniendo nuestras lágrimas en un frasco. Es una imagen muy hermosa.
«Tú has tomado en cuenta mi vida errante».
Piensen en eso. Cada vez que te fuiste de lugar en lugar buscando respuestas, Dios ya lo había tomado en cuenta. Y luego el salmista dice:
«Pon mis lágrimas en tu frasco, ¿no están acaso en tu libro?»
¿Ven lo que eso dice? Cada lágrima que ha salido de tus ojos, es completamente conocida por Dios, tu Padre celestial.
Ninguna lágrima que hayas derramado en tu vida será olvidada por Él. Las lágrimas de los hijos de Dios son preciosas para Él. Son parte de la razón por la que envió a Su Hijo al mundo.
Hay tantas declaraciones maravillosas en la Biblia sobre por qué vino Jesucristo. Pero una es esta, de Isaías 61:1: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido…para vendar a los quebrantados de corazón».
Por eso vengo al mundo, dice Jesús, para consolar a los que lloran, para que puedan ser llamados «robles de justicia», para que puedan mantenerse firmes y no ser destruidos por el dolor que están atravesando.
Nuestro Señor Jesús es maravillosamente conocido en las Escrituras como el Varón de dolores, que conocía el sufrimiento. En el Jardín de Getsemaní, Él sabía lo que era decir: «Mi alma está abrumada de tristeza».
Así que cuando sientas en lo más profundo de tu corazón que estás abrumado de tristeza, tu Salvador ha estado allí. Y tienes un Salvador que sabe lo que es llorar y también tienes un Salvador con quien puedes compartir tu dolor.
Hay un gran abismo entre nuestro mundo y el mundo que ha de venir. Y cuando un ser querido ha muerto, ya no puedes hablar con esa persona que se ha ido, pero si tu ser querido está con Cristo, puedes hablar con Cristo sobre tu ser querido.
Y eso es algo maravilloso. Puedes hablar con el Salvador sobre el ser querido que está en Su presencia. Puedes decirle al Salvador cuánto extrañas a ese ser querido.
Puedes decirle al Salvador cuánto lo amas. Puedes llevar el dolor de tu pérdida al Salvador que conoce el sufrimiento, familiarizado con el duelo.
Ahora, un día Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos de forma maravillosa y completa. Literalmente, la Biblia dice que enjugará toda lágrima de nuestros ojos, como para mostrar que quitará no solo las lágrimas, sino la misma fuente del dolor, como si los conductos mismos fueran finalmente eliminados en el nuevo cielo y la nueva tierra, en el cuerpo resucitado, porque ya no serán necesarios.
Señor, apresura ese día, pero ese día aún no ha llegado. Hasta entonces habrá lágrimas, pero también está el Varón de dolores, experimentado en quebranto, quien dice en este libro: «¿Hay alguna aflicción como mi aflicción?»
Él exploró las profundidades del dolor cuando murió en la cruz. Nadie está más listo ni es más capaz de caminar por el valle del duelo, la tristeza y la pérdida contigo que Jesucristo.
Oremos. Padre, por este Salvador te damos gracias y alabanzas, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

