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Muchas veces el duelo suele venir acompañado de sentimientos de culpa. ¿Por qué dije eso? ¿Por qué no hice aquello? El Pastor Colin lo lo explicará con claridad en la primera enseñanza de “Culpa y queja”

Pasaje: Lamentaciones 1:12-22


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La culpa

Hoy quiero enfocarme en otro par de temas que recorren todo el libro de Lamentaciones: la culpa y el agravio. Empecemos con este tema tan importante de la culpa.

Para empezar, quiero que puedas observar que Dios nos ha dado no uno, sino 2 libros completos en la Biblia que tratan el tema del sufrimiento, el dolor y la pérdida.

Uno de ellos es el libro de Lamentaciones, el que estamos estudiando. Y el otro, como saben bien, es el libro de Job.

Ahora, ¿por qué Dios nos habría dado dos libros sobre este tema en las Escrituras? Y es muy importante observar las diferencias entre ellos, porque hablan de situaciones distintas, y esto es especialmente importante cuando se trata del tema de la culpa.

La culpa no juega ningún papel en el libro, y en la historia de Job. Job era un hombre justo.

El primer versículo del libro de Job nos dice que él era un hombre intachable, recto, que temía a Dios y que se apartaba del mal. Cuatro afirmaciones que dejan muy claro, desde el principio, que lo que le ocurrió a Job no tenía nada que ver con un pecado personal.

Job era un hombre íntegro y recto. Eso queda clarísimo al inicio del libro de Job. Aunque por supuesto, sus amigos no estaban muy de acuerdo.

La historia se desarrolla cuando sus amigos vienen convencidos de que Dios bendice a los buenos y castiga a los malos. Así que como Job estaba sufriendo, pensaron que debió haber existido algún pecado en su vida que estaba ocultando.

Al principio se sentaron con él y lo acompañaron, lo cual fue bueno. Pero luego comenzaron a decirle: «Bueno, ¿por qué no confiesas?».

«Obviamente, si esto te está sucediendo, debe ser porque hay algún pecado oculto que no conocemos, y que está en la raíz de todo esto que te está sucediendo. ¿Por qué no lo reconoces? ¿Por qué no nos dices la verdad? Debe haber algo.»

Y esto se repite una y otra vez. Pero Job insiste en su inocencia. Desde el principio, la Biblia nos dice que Job era «intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal».

Y más adelante, él mismo declara: «¡Lejos esté de mí darles la razón! Hasta que muera no abandonaré mi integridad. Me mantendré firme en mi justicia y no cederé; mi corazón no reprocha ninguno de mis días».

Inclusive, en el capítulo 9 versículos 20 y 21 afirma ser inocente: «Si soy justo, mi boca me condenará; si soy inocente, Él me declarará culpable. Inocente soy; no hago caso de mí mismo, desprecio mi vida».

¿Y recuerdas que al final de la historia, de manera muy significativa, Dios se pone del lado de Job y no de sus amigos?

En Job 42:7 Dios le dice a Elifaz: «Mi ira se ha encendido contra ti y tus dos amigos, porque no han hablado de Mí lo que es recto, como mi siervo Job».

Aquí observamos que Job habló fielmente de Dios, pero sus amigos lo habían malinterpretado, porque estaban convencidos de que toda aflicción debía ser el resultado de algún pecado.

El teólogo Walter Kaiser escribió lo siguiente: «Uno de los actos más crueles que los mortales nos infligimos los unos a los otros, es la manera frívola con que asumimos que cualquier dolor, angustia o sufrimiento que alguien atraviese debe ser el resultado de su pecado».

Esta misma realidad se observa, inclusive, en el Evangelio de Juan, capítulo 9. Y mientras meditaba en esto, me dije: «Sí, así es! Los fariseos hicieron esto con respecto al hombre ciego».

Pero al revisar con detenimiento la referencia en Juan 9, me di cuenta de algo sorprendente: ¡no fueron los fariseos! Fueron los discípulos de Jesús.

En Juan 9:1–3 dice: «Rabí, ¿quién pecó aquí, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús respondió: «Ni éste pecó ni sus padres, sino que fue para que las obras de Dios se manifestaran en él».

En otras palabras, Jesús nos dice aquí que si pensamos que todo sufrimiento está relacionado con un pecado personal, estamos completamente equivocados.

Hay un tipo de sufrimiento en el mundo cuyo propósito es mostrar la gloria de Dios, y eso es exactamente lo que pasó con Job.

Job dijo en el capítulo 42 versículo 5: «De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven».

Así que no solo se reveló la gloria de Dios a él, la gloria de Dios fue revelada en él y la gloria de Dios fue revelada por medio de él, de modo que a través de las generaciones, Dios ha usado el testimonio y el sufrimiento de ese hombre para el fortalecimiento y el consuelo de millones.

Así que la culpa no juega ningún papel en la historia de Job.

Pero como mencionamos al principio, Dios nos ha dado dos libros. Y la culpa está escrita por todas partes en el libro de Lamentaciones, por eso quiero que veas esto ahora que nos dirigimos a Lamentaciones.

Observa conmigo algunos ejemplos rápidos. Y si estás tomando notas, quizás quieras anotar sólo la referencia en lugar de intentar escribirlo todo:

Lamentaciones 1:18 – «El Señor es justo, porque yo me rebelé contra Su palabra».

1:20 – «Mira, Señor, porque estoy angustiado; mis entrañas hierven, mi corazón se trastorna dentro de mí, porque he sido muy rebelde».

1:22 – «Trátalos como me has tratado a mí por todas mis transgresiones».

3:42 – «Nosotros hemos transgredido y nos hemos rebelado; Tú no has perdonado».

4:13 – «Pero a causa de los pecados de sus profetas y de las iniquidades de sus sacerdotes, quienes derramaron en medio de ella la sangre de los justos».

4:22 – «Se ha completado el castigo de tu iniquidad, hija de Sión».

¿Ves entonces que este tema recorre todo el libro? Es completamente opuesto al libro de Job. Ambos libros describen situaciones muy diferentes.

Lamentaciones es como el ladrón en la cruz en Lucas 23:41: «Nosotros recibimos lo que merecemos por nuestros hechos». Y esta confesión se repite una y otra vez en el libro de Lamentaciones.

Job y Lamentaciones son como extremos en el espectro de la culpa, en la experiencia del dolor y la pérdida. En Job, la culpa no juega ningún papel en absoluto. En Lamentaciones, está en cada página.

Ahora, déjame sugerirte esto: la mayoría de nosotros, en nuestra experiencia de dolor, tristeza y pérdida, experimentaremos algo entre el libro de Job y el libro de Lamentaciones.

El dolor generalmente viene acompañado de algo de culpa ¿Qué debí hacer?, o ¿Qué dejé de hacer? ¿Qué no debí haber hecho que hice?

El dolor inevitablemente tiene sus «qué pasaría si» y sus «si tan solo».

Por ejemplo… Si tan solo hubiera hecho esto. Oh, si tan solo no hubiera hecho aquello.

Si tan solo hubiera llamado al médico antes. Si tan solo hubiera visitado a mi ser querido cuando tenía la oportunidad. Si tan solo no hubiéramos planeado ese viaje. Si tan solo no hubiéramos discutido como lo hicimos.

Y en muchas otras ocasiones estarás mirando hacia el pasado y pensando: «Debí haber hecho más. Hay cosas que pude haber hecho, y si las hubiera hecho diferente, quizás todo habría sido diferente.»

Una persona afligida suele descubrir que cosas que se dijeron o se hicieron hace años, de repente vuelven a la mente con intensidad, y traen una culpa renovada, aunque aparentemente habían sido olvidadas hace mucho tiempo.

Palabras duras que dijiste quizás hace mucho tiempo y que creías olvidadas, pero ahora que la persona ya no está, regresan a tu mente. Y ahora piensas: ¿Cómo pude decir eso?

Esto también sucede con cosas tontas que hiciste en el pasado. Y piensas: «Oh, fui tan tonto cuando era joven.»

El doctor J. I. Packer lo expresa de esta manera: «Viejas culpas y descuidos vuelven a la memoria. Pensamientos de lo que pudimos y debimos haber hecho diferente golpean nuestros corazones con fuerza».

Eso es parte del proceso del duelo. Y a veces, la culpa está directamente relacionada con el momento de la pérdida.

Por ejemplo, el caso de un cónyuge fiel que vela durante días en un hospital, junto a la cama del ser querido, y sale de la habitación por un par de horas… y luego no puede perdonarse por no haber estado presente en el momento final.

Y por supuesto, además de los «qué pasaría si» y los «si tan solo», aparece el doloroso peso de los asuntos inconclusos —especialmente cuando la pérdida es repentina e inesperada y no hubo oportunidad de prepararse ni de despedirse—.

Por eso, el duelo suele venir acompañado de culpa.

Si la Biblia solo tuviera un libro sobre el sufrimiento en el que el que sufre pudiera decir: «Soy inocente y no tengo ninguna culpa», nos faltaría algo que necesitamos desesperadamente. Y esto es precisamente lo que encontramos en el libro de Lamentaciones.

La culpa falsa y la culpa verdadera

Ahora, hay una distinción muy importante, una que seguramente todos ustedes reconocen, entre la culpa falsa y la culpa verdadera. Permíteme tratar de diferenciarlas y explicarlas.

La culpa falsa ocurre cuando asumimos la responsabilidad por algo que no era nuestro llamado o no estaba bajo nuestro control. Eso es lo que la culpa falsa significa y lo repito:

La culpa falsa ocurre cuando asumimos la responsabilidad por algo que no era nuestro llamado o no estaba bajo nuestro control.

En cambio, y en contraste, la culpa verdadera ocurre cuando evadimos la responsabilidad por algo que sí es nuestro deber, o por algo que Dios nos ha mandado hacer.

De nuevo: la culpa verdadera ocurre cuando evadimos la responsabilidad por algo que es nuestro deber, o por algo que Dios nos ha mandado hacer.

Entonces, la respuesta a la culpa falsa es la verdad. La respuesta a la culpa verdadera es la gracia.

Y ¡qué maravilloso es saber que nuestro Señor Jesucristo está lleno de gracia y verdad.

En otras palabras, en Cristo encontramos todo lo necesario para tratar con la culpa, sea falsa o verdadera.

Pero hay una cosa que he observado a lo largo de los años como pastor, y es posible que tú también lo hayas observado y experimentado.

El problema es que algunas veces no es fácil distinguir entre ambas. Una persona en duelo puede sentir un peso profundo de culpa que sea difícil de expresar. Y cuando finalmente lo comparte, alguien cercano le dice: «Eso es culpa falsa, no era tu responsabilidad.»

Sin embargo, muchas veces eso no ayuda. ¿Por qué? Porque, aunque sus sentimientos de culpa no estén fundamentados en la realidad, para esa persona afligida, la experiencia es muy real.

Así que decirle simplemente «no tienes nada de qué sentirte culpable, tienes que dejar eso atrás» no eliminará el peso que esa persona está llevando.

He visto muchas personas que luchan con lo que tal vez sea culpa falsa, pero lo siguen cargando por años, sin encontrar alivio, porque lo único que escuchan es: «Eso es culpa falsa, deberías superarlo ya.»

Y con el tiempo, esa carga solo se reprime más y más…

A veces, puede ser más útil decir algo como esto, y realmente oro para que estas palabras puedan servirle a alguien que me esté escuchando en este momento y lo necesite:

«Dejemos a un lado por un momento la discusión sobre si esto es culpa verdadera o culpa falsa. El punto es que lo que sientes, lo que estás experimentando es real, así que tu conciencia está cargada. Crees que hay algo que deberías haber hecho y no hiciste, o que hiciste algo que no debiste hacer.»

Entonces, te hago esta pregunta: «Si esto fuera culpa verdadera, ¿qué harías con ella?» Y la respuesta es sencilla: «la confesaría, y la colocaría bajo la sangre del Señor Jesucristo».

Así que si eso es lo que harías con una culpa real, pues hagámoslo con esto ahora mismo.

Y aquí está la base bíblica para hacerlo: Cristo se ofreció a Sí mismo no solo para que tus pecados fueran perdonados, sino también para que tu conciencia fuera limpiada.

Hebreos 9:14 nos dice: «¿… cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará su conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo?»

Y también versículos más adelante encontramos: «Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo el corazón purificado de mala conciencia».

Jesús derramó su sangre no solo para perdonar tus pecados, sino para limpiar tu conciencia. Eso significa que puedes traer a Dios tus «qué hubiera pasado si» y tus «si tan solo», todos esos pensamientos de «si hubiera hecho esto» o «si hubiera hecho aquello».

Y si pesa en tu conciencia como pecado, tráelo a Dios en confesión y colócalo bajo la sangre de Cristo. La confesión es un regalo maravilloso cuando sabes que la gracia te espera del otro lado.

Si tu conciencia está cargada, haz lo que el libro de Lamentaciones nos enseña: exprésalo con palabras. Dile a Dios exactamente lo que piensas que debiste haber hecho o no haber hecho. Dilo con sinceridad, con detalle.

Dile cuán profundamente te aflige que hayas hecho o no hecho estas cosas o que hayas dicho o no hayas dicho estas cosas.

Confiésalo, arrepiéntete, ponlo bajo la sangre de Cristo y luego confía en Él.

Confía en que el Señor Jesucristo hará lo que Él ha prometido, que no es solo perdonar tus pecados, sino también limpiar tu conciencia para que vuelvas a experimentar el maravilloso don de la paz.

Puedes hacer esto tú solo, o tal vez quieras hacerlo acompañado de un amigo o una persona que te entienda y te apoye, pero no sigas viviendo con ese peso.

Tú debes ser quien haga la confesión y eleve la oración a Dios, pero alguien puede estar contigo para ayudarte, quizás tu pastor, u otro líder de tu iglesia.

Quiero insistir en esto: no vivas con una carga de culpa colgada sobre tu cuello. El Hijo de Dios sufrió y murió no solo para que tus pecados fueran perdonados, sino también para que tu conciencia fuera limpia.

Ese es el primer punto, y es un tema de enorme importancia cuando hablamos de la pérdida y de cómo enfrentamos esas terribles experiencias de culpa. Y precisamente ese es el tema que aborda el libro de Lamentaciones.