¿Debo perdonar a alguien que me hizo daño pero no se arrepiente? Esta es una de las preguntas más difíciles y dolorosas que un cristiano puede enfrentar. La Biblia nos llama a amar a nuestros enemigos y a orar por quienes nos persiguen, pero también nos muestra que el perdón, en su sentido pleno, está ligado al arrepentimiento y a la reconciliación.
El siguiente artículo es un fragmento del libro Las Bienaventuranzas de Jesús: Un impulso para avanzar en la vida cristiana, disponible como PDF gratuito, audiolibro gratuito. También descarga el guía de estudio.
Este principio —que el perdón solo se concede cuando el arrepentimiento comienza— es importante cuando enfrentamos la difícil situación de perdonar a alguien que no está arrepentido por lo que ha hecho. ¿Cuál es tu responsabilidad en una situación en la que una persona que te ha hecho daño no muestra conciencia alguna de su falta, no asume responsabilidad por ella y por esa razón, es muy posible que vuelva a cometer el mismo pecado contra ti o contra otra persona en el futuro?
Cuando no hay arrepentimiento
Creo que es importante señalar que Dios no perdona a los pecadores que no se arrepienten. La Biblia nos dice que Él los ama, y es precisamente por eso que Dios nos pide: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mateo 5:44). Observa que Dios no dice: «Perdonen a sus enemigos»; Él dice: «Ámenlos, oren por ellos», porque eso es lo que Dios mismo hace. De modo que, cuando alguien te hace daño y no asume su responsabilidad por sus acciones, tu llamado es a tener compasión y a orar por esas personas.
Una diferencia importante entre el amor y el perdón es que el amor puede ser unilateral. Es posible amar a una persona que no te corresponda de la misma manera. Mientras una persona sea tu enemiga, no te devolverá el amor, y, si tu amor llegara a conquistarla, dejaría de ser tu enemiga. De modo que el amor puede ser unidireccional, pero el perdón es relacional. En el perdón, dos partes están involucradas: una que perdona y otra que es perdonada, y dentro de esta transacción, una relación es restaurada.
He escuchado a maestros cristianos sabios y respetados hablar de perdonar a una persona que no está arrepentida, lo cual implica hacer algo que Dios mismo nunca haría y, además, desvirtúa la verdad sagrada de que el perdón de Dios siempre conduce a una relación restaurada.
Quizá preguntes: «¿Acaso Jesús no perdonó a los soldados que lo clavaron en la cruz?». Sí, pero Jesús no les dijo a los soldados que no estaban arrepentidos: «Yo los perdono». Él se volvió al cielo y oró para que Su Padre los perdonara. Esta distinción es importante.
El perdón implica la reconciliación de dos personas: una que se arrepiente y otra que perdona. Por eso, considero un error decirle a la gente que debe perdonar cuando no hay arrepentimiento. Resulta más fiel a las Escrituras afirmar que debemos amar a la persona que no está arrepentida, tener compasión y orar por ella. Al hacer esto estaremos preparados para conceder el perdón cuando y donde sea recibido.
El fundamento de todo perdón es la cruz
Dios perdona cuando se ha cometido una falta y cuando el arrepentimiento comienza, porque la expiación ya fue hecha.
Pensemos en lo extraordinariamente difícil que es para Dios perdonar. Cuando Dios estaba creando el mundo, todo lo que tuvo que hacer fue hablar para traerlo a la existencia: «“Sea la luz”, y hubo luz» (Génesis 1:3). Pero cuando se trató del perdón, Dios no pudo simplemente decir: «Sean perdonados». Fue más difícil que eso, mucho más difícil.
Le costó a Dios mismo entrar en nuestro mundo, tomar carne humana, vivir una vida perfecta, derramar Su propia sangre y entregar Su vida en la cruz.
Cuando alguien dice: «Sé que Dios me perdona, pero yo no puedo perdonarme a mí mismo», quisiera preguntarle a esa persona: «¿Estás diciendo que es más fácil para Dios perdonarte que perdonarte a ti mismo?». La raíz del problema aquí es el orgullo. Te estás colocando por encima de Dios. Estás diciendo: «La sangre de Cristo puede ser suficiente para Dios, pero no es suficiente para mí».
Así es como puedes perdonarte por las cosas que hoy te producen culpa y vergüenza. Di: «Si la sangre de Cristo es suficiente para satisfacer al Padre en lo que respecta a mi pecado, ¿por qué no habría de ser suficiente para satisfacerme a mí?».
Dios perdona cuando se ha cometido una falta y cuando el arrepentimiento comienza, porque la expiación ya fue hecha. Al haber considerado ya estos fundamentos, estamos listos para responder a nuestra pregunta central: ¿cómo puedo llegar a estar preparado para perdonar a otros, así como Dios, en Su gran misericordia, me ha perdonado a mí?
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